domingo, 11 de octubre de 2015

Narraciones peligrosas: Fortunata y Jacinta, de Benito Pérez Galdós

Benito Pérez Galdós denuncia en Fortunata y Jacinta la vulnerabilidad en la que vivían las mujeres en el siglo XIX, sobre todo las pobres. Por un lado nos cuenta las aventuras amorosas de hombres como Juanito Santa Cruz, que puede llegar al matrimonio habiendo tenido anteriormente amantes sin que nadie cuestione su honorabilidad. Sin embargo, cuando Maximiliano, el estudiante a boticario, quiere casarse con Fotunata, la familia rechaza la idea porque es una deshonra. Como este insiste, la familia decide que Fortunata pase por un período de purificación si quiere convertirse en una señora casada. Galdós nos cuenta que por entonces existían instituciones religiosas que enderezaban a las mujeres, no solo a las solteras sino también a las casadas. Los hombres casados podían tener todas las aventuras que quisieran. Pero las mujeres podían ser condenadas por sus maridos a ser encerradas por un tiempo en esa especie de correcional.
Leamos lo que le dice Nicolás, el hermano cura de Maximiliano, a Fortunata y las pruebas por las que ella tiene que pasar si se quiere casar con Maximiliano: Hay en Madrid una institución religiosa de las más útiles, la cual tiene por objeto recoger a las muchachas extraviadas y convertirlas a la verdad por medio de la oración, el trabajo y del recogimiento. Unas, desengañadas de la poca sustancia que se saca al deleite, se quedan allí para siempre; otras salen ya edificadas, bien para casarse, bien para servir en casas de personas respetabilísimas. Son muy pocas las que salen para volver a la perdición. También entran allí señoras decentes para expiar sus pecados, esposas ligeras de cascos que han hecho alguna trastada a sus maridos, y otras que buscan en la soledad la dicha que no tuvieron en el bullicio del mundo, (…) Bueno, usted va allí y la tenemos encerradita durante tres, cuatro meses o más. El capellán de la casa es un amigo mío, que es como si fuera yo mismo. Él le dirigirá a usted espiritualmente, puesto que no yo no puedo hacerlo, porque tengo que volverme a Toledo. Pero siempre que vuelva a Madrid he de ir a tomarle el pulso y a ver cómo anda de educación, sin perjuicio de que antes de entrar en el convento le he de dar a usted un buen recorrido de doctrina cristiana, para que no se nos vaya allá totalmente cerril. Si pasado un plazo prudencial, me resulta usted en tal disposición de espíritu que yo la crea digna de ser mi hermana política, podría quizá llegar a serlo.

Patricia Sánchez-Cutillas