lunes, 20 de marzo de 2017

El equinoccio de primavera



Os pongo unas líneas sobre el equinoccio de primavera de mi libro "Taller de escritura y magia". Si queréis leer más, podéis encontrar las primeras páginas en Amazon, poniendo el título del libro, Taller de escritura y magia y el nombre y apellido de la autora, Patricia Sánchez-Cutillas.
Y si queréis consultar talleres, lo podéis hacer en http://www.talleresdeescrituracreativa.es


El equinoccio de primavera

En la mitología griega este período corresponde a cuando Hades, el señor de los infiernos, tiene que liberar a Perséfone. Esta sube al mundo de los vivos y la tierra rejuvenece. En otras leyendas correspondía al período en el que Osiris resucita después de ser despedazado por Set; al de Dionisio, que resucita después de ser despedazado por los gigantes; y al de Jesucristo, que resucita después de ser crucificado por los romanos. Está relacionado también con el mito de Adonis, el dios del grano, en Belén, que significa casa del pan. Es, en conclusión, el período de la resurrección del dios después de morir.
Foto de Robert Kerton
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Uno de los símbolos más utilizados en Semana Santa es el huevo. El huevo, el hornazo, la mona de Pascua, como se celebra en la Comunidad Valenciana o en otros países como Estados Unidos, no es solo un elemento lúdico:

El huevo es el símbolo de aquello que aún no existe pero que contiene en su interior la esencia de la vida presta a manifestarse en cuanto se produzca la eclosión. Es igualmente las semillas, de forma que contiene a aquello que deberá germinar y crecer a partir de ella.

Demetrio Santos, Investigaciones sobre astrología.

Es lo que está sumergido en la noche, en el útero, y eclosiona. En la religión órfica se pensaba que el origen del mundo fue el huevo cósmico. En la película El corazón del Ángel, de Alan Parker (1987), una de las escenas más famosas es cuando Robert de Niro, que interpreta al diablo, se come un huevo.

La primavera ha sido una estación muy inspiradora para obras literarias.  Valle Inclán escribió sus Sonatas, cuatro obras referentes a cada estación: Sonata de primavera, Sonata de verano, Sonata de otoño y Sonata de invierno.
En el cine Eric Rohmer hizo cuatro películas cada una basada en una estación. Cuento de primavera, Cuento de verano, Cuento de otoño y Cuento de invierno.


Una de las escenas de la película Calle Mayor (1956), de Juan Antonio Bardem, se desarrolla durante la procesión de Semana Santa. Es un encuentro de todo el pueblo y la escena contribuye a mostrar la sociedad recoleta y provinciana. La historia es una crítica a una mentalidad mezquina que condenaba al ostracismo a las mujeres solteras. La película nos muestra lo muerta que está la espiritualidad. La forma de divertirse de la gente consiste en humillar al prójimo.
En el Hollywood clásico hay un musical de Fred Astaire, Desfile de Pascua (1948). Los oratorios de Bach La pasión según San Mateo y La pasión según San Juan, adaptan los respectivos evangelios y son piezas claves de estas fechas. En general el equinoccio es el comienzo, equivaldría al amanecer. Las ideas se gestan pero aún no han sido concretadas como se hará en verano. Tus historias en primavera pueden hacer referencia a la espiritualidad, a la muerte de una vida antigua y la resurrección de lo nuevo.

                                                                     Taller de escritura y magia, Patricia Sánchez-Cutillas

miércoles, 15 de marzo de 2017

"Pepita Jiménez", el hedor de la pederastia

Las sheriff literaria recorre solitaria las vastas llanuras de Google, Opera, Mozilla, Chrome y demás; los infinitos estantes de las bibliotecas y las mesas concupiscentes de las librerías. Olfatea las tramas, denuncia el plagio, lucha contra la desigualdad, escarnece la mediocridad mercantilista y sigue a su intuición hasta dar con los tesoros literarios que se puede encontrar solo en algunos libros. Odiada por algunos y querida por aquellos que buscan la calidad literaria, su lucha más encarnizada es contra la desigualdad y el olvido de una especie que ha existido durante siglos escondida en la sociedad; una especie ninguneada, vapuleada, asesinada por la inquisición, quemada por bruja, repudiada, sobrecargada de trabajo para no tener ni un momento en la vida para estar consigo misma, acusada de tonta, de débil y, a veces, maltratada. La especie de: la escritora.

http://www.talleresdeescrituracreativa.es 


Pepita Jiménez, de Juan Valera


La tan encumbrada obra de Valera parte de un punto vomitivo: un anciano de ochenta y tres años, millonario de la Andalucía rural, frecuenta el hogar paupérrimo de una señora viuda que tiene una hija de quince llamada Pepita Jiménez. El anciano podría haber puesto sus ojos en la viuda, a la cual sacaría como mínimo cuarenta y tres años. Pero no, va más lejos aún. Pide la mano de la niña de quince que, debido a la pobreza en la que viven, su madre le condiciona a dar el sí. Por fortuna para ella, llegan los ciclos de la vida y a los veinte años ya es viuda y rica.

Sí, la obra tiene mucho mérito: reproduce la técnica del manuscrito encontrado, utiliza el género epistolar, comienza en media res, cuenta con varios puntos de vista, está muy bien escrita, fue un éxito en su época y todo eso. Pero no deja de ser un hecho vomitivo. En algún momento del libro la protagonista cuenta que acabó hastiada de su marido, pero solo lo dice de pasada.

Lo que me llama la atención es que la crítica literaria haya pasado por alto ese pequeño detalle.

La primera reacción de una luchadora por la igualad como yo es la de despotricar contra este argumento planteado como una novela romántica o de enredo. Parece que da una lección: a esas niñas que se sacrifican y se casan con ancianos por obedecer a sus padres, luego la vida les regala algo mejor.
Se suma a ello que, la heroína es todo un dechado de virtudes, casi una superwoman de la época: guapa, buena creyente, realiza muchas obras de caridad... Tantas virtudes juntas le da un tufo sexista.
Para colmo, un señor de cincuenta años, don Pedro, empieza a pretender a Pepita Jiménez. Debe de ser que tengo la mentalidad del siglo XXI demasiado inoculada en el cerebro porque mi primera pregunta es: Pepita ha tenido la penitencia de estar casada con un anciano, si llega a los veinte viuda y rica, ¿por qué no se busca a alguien de su edad para resarcirse y pasa olímpicamente del pretendiente que le lleva treinta años? No tengo nada en contra de las parejas adultas formadas por miembros de diferentes edades, aunque me mosquea que siempre tenga que ser él maduro y ella la joven. Pero en la época de Pepita Jiménez para una mujer casarse era como ganar unas oposiciones o conseguir un buen puesto de trabajo, no tenían otra opción laboral ni de asegurarse el sustento.

Parece que el autor se olía que, siglos más tarde, nos íbamos a hacer esa pregunta sobre su novela y en algún momento del argumento da un giro. Don Pedro tiene un hijo que va a tomar los hábitos, don Luis de Vargas, y ese sí tiene la misma edad de Pepita. De hecho la novela se cuenta en su mayor parte a través de los ojos y las cartas de don Luis, quien se acerca a la bella Pepita con la guardia bajada porque piensa que es su posible futura madrastra. Después de una serie de enredos, Pepita acaba declarando su amor a don Luis: "amo en usted no ya sólo el alma, sino el cuerpo, y la sombra del cuerpo, y el reflejo del cuerpo en los espejos y en el agua, y el nombre, y el apellido, y la sangre, y todo aquello que le determina como tal don Luis de Vargas: el metal de la voz, el gesto, el modo de andar, y no sé qué más diga”.
Y después de estos bellos argumentos este decide dejar los hábitos por ella. Se ennovian y se lo tienen que contar al padre, qué engorro. Pero no, mira qué bien, resulta que el padre fingía cortejar la chica, pero en realidad quería que los dos jóvenes se ennoviaran para que su único hijo no tomaran los hábitos.


Bueno, ahí acaba la obra y como feminista no me deja muy tranquila. Pero siempre hay que ir un poco más allá e indagar no solo en la novela, sino en el impacto social. Y además del éxito que produjo, (se vendieron enseguida 100.000 ejemplares, para mí lo quisiera, se tradujo a diferentes idiomas y demás) resulta que el escritor se tuvo que enfrentar a los sectores más reaccionarios de la sociedad. Primero por una famosa escena de una excursión en la que Pepita Jiménez se maneja bien a caballo y, en cambio, don Luis monta con bastante torpeza una mula.
Claro, por entonces una mujer no podía hacer algo mejor que un hombre; y, por lo visto, ni siquiera un personaje femenino de novela. Y lo segundo porque es Pepita la que toma la iniciativa en la declaración de amor. Debió de espantar a los papás y mamás de la época, al fin y al cabo las niñas tenían que ser pasivas y dulces. En esa época se vieron estos actos como un cruce de roles una virilización de la mujer y una feminización del seminarista. Y lo tercero, eso de que una mujer desviara a un hombre de su carrera eclesiástica, aunque fuera por una finalidad casta como es el matrimonio, también estaba mal visto.


En fin, es una novela curiosa. A pesar de esa pátina de valores tan tradicionales, de contar con una protagonista que te pone nerviosa por lo buenecita y lo beata que es, resulta que tuvo su dosis de escándalo y, hay que reconocerlo, de feminismo.

En fin, recomiendo su lectura aunque huele un poco a naftalina. Hay novelas de esta época que me parecen mucho más interesantes.

La sheriff literaria

miércoles, 8 de marzo de 2017

MI APORTACIÓN EN LA LUCHA CONTRA LOS MALOS TRATOS


Hoy Día Internacional de la Mujer os pongo aquí el comienzo de mi novela "La voz empedrada". Está basada en el maltrato machista y en las dificultades que puede encontrar una mujer maltratada con la justicia. Mi pequeña aportación como escritora contra los malos tratos:



Si quieres matar al juez González Resadas, tendrás que dejar pronto al niño en la guardería alrededor de las nueve y media de la mañana. El juez toma café todos los miércoles a las diez en punto en un bar de la plaza de Castilla junto a la boca de Metro. Sabes que no hay transporte mejor en Madrid que el público, sobre todo cuando se tiene que asesinar a alguien. Coges el azucarillo y lo introduces en el bolso. Tienes que sacar al niño del triciclo y ponerle la camiseta. Se resiste, como todas las mañanas, y te enfadas. Aún así a las nueve y media en punto el niño ya está en la guardería. La línea azul siempre te ha parecido triste. Sobre todo a partir de Cuatro Caminos, cuando la muchedumbre de pasajeros se depura y solo quedan entre los oficinistas algunos delincuentes misérrimos que se dirigen a los juicios. Esperas un poco a unos metros de la cafetería, junto al quiosco de la Once. Enseguida lo divisas, acompañado, como no, de una veinteañera con mechas embutida en un traje de chaqueta, y se meten en el local. Entras. La cafetería está llena de gente, hace calor y se oye bullicio. Ves cómo la frente mezquina del juez navega sobre las cabezas, más que por alta por erguida, y llega en pocas brazadas a la barra. Allí se abre sitio y su acompañante se coloca a su izquierda. Tú también te haces sitio en la barra y te colocas a la derecha de la pareja. Te apresuras para que te den antes que a ellos un café con leche, que enseguida te ponen sobre la barra. El juez pregunta algo a la chica y, obviamente, es él quien habla con el camarero. Al cabo de un minuto les han puesto sobre la vitrina dos tazas, una con café con leche y otra, la de él, de café solo. Café amargo, piensas, como tus sentencias. 

Él te da la espalda para hablar o impresionar a su acompañante. Le cambias su azucarillo por el que acabas de sacar del bolso. Él no se da ni cuenta, tan entretenido está en escucharse a sí mismo. Pasa la taza correspondiente a la joven sin dejar de hablar. Luego coge su café, rasga el papel del sobre y vierte su contenido. Tú decides en ese momento que, a pesar de todo, disfrutarás del desayuno. La ola de calor de estos días no justifica el uso de tus guantes blancos. Pero la elegancia de tu conjunto verde de loewe, un tanto extravagante, los hace posibles. Cuando ves que el juez tira el azucarillo vacío a la papelera, te agachas para cogerlo y metértelo rápidamente en el bolso. Aprovechas que lo tienes abierto para guardar tu taza y tu cuchara en la bolsa de plástico que guardas dentro. El camarero no se ha dado cuenta. El juez empieza a beber su desayuno. Ves cómo lo apura en casi un único trago, sonríes y te diriges a la salida. El tumulto no parece reparar la atención en ti. De repente alguien chilla. Te vuelves y miras hacia la barra. La frente mezquina del juez ya no está y la veinteañera mira, asustada, al suelo. Los parroquianos pierden de repente la alegría y se oye el rumor de una sola pregunta entre los distintos grupos: ¿Qué ha pasado? Tú, desde la puerta, sonríes y te diriges al Metro. Si te das prisa, podrás hacer la compra.
—El relato corto es restar —miré a todos lo que me escuchaban—. Concebir una sola idea y ejecutarla. No tenéis que desparramaros con las descripciones ni ahondar en vuestros sentimientos. Eso hay que suprimirlo. Como decía Pardo Bazán, el relato es un dardo que va directamente a la diana. Los alumnos seguían silenciosos mientras tomaban apuntes. Solo llevaban un par de clases del intensivo de verano y aún no se atrevían a opinar. —Es como la vida.


La voz empedrada, Patricia Sánchez-Cutillas