miércoles, 15 de marzo de 2017

"Pepita Jiménez", el hedor de la pederastia

Las sheriff literaria recorre solitaria las vastas llanuras de Google, Opera, Mozilla, Chrome y demás; los infinitos estantes de las bibliotecas y las mesas concupiscentes de las librerías. Olfatea las tramas, denuncia el plagio, lucha contra la desigualdad, escarnece la mediocridad mercantilista y sigue a su intuición hasta dar con los tesoros literarios que se puede encontrar solo en algunos libros. Odiada por algunos y querida por aquellos que buscan la calidad literaria, su lucha más encarnizada es contra la desigualdad y el olvido de una especie que ha existido durante siglos escondida en la sociedad; una especie ninguneada, vapuleada, asesinada por la inquisición, quemada por bruja, repudiada, sobrecargada de trabajo para no tener ni un momento en la vida para estar consigo misma, acusada de tonta, de débil y, a veces, maltratada. La especie de: la escritora.

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Pepita Jiménez, de Juan Valera


La tan encumbrada obra de Valera parte de un punto vomitivo: un anciano de ochenta y tres años, millonario de la Andalucía rural, frecuenta el hogar paupérrimo de una señora viuda que tiene una hija de quince llamada Pepita Jiménez. El anciano podría haber puesto sus ojos en la viuda, a la cual sacaría como mínimo cuarenta y tres años. Pero no, va más lejos aún. Pide la mano de la niña de quince que, debido a la pobreza en la que viven, su madre le condiciona a dar el sí. Por fortuna para ella, llegan los ciclos de la vida y a los veinte años ya es viuda y rica.

Sí, la obra tiene mucho mérito: reproduce la técnica del manuscrito encontrado, utiliza el género epistolar, comienza en media res, cuenta con varios puntos de vista, está muy bien escrita, fue un éxito en su época y todo eso. Pero no deja de ser un hecho vomitivo. En algún momento del libro la protagonista cuenta que acabó hastiada de su marido, pero solo lo dice de pasada.

Lo que me llama la atención es que la crítica literaria haya pasado por alto ese pequeño detalle.

La primera reacción de una luchadora por la igualad como yo es la de despotricar contra este argumento planteado como una novela romántica o de enredo. Parece que da una lección: a esas niñas que se sacrifican y se casan con ancianos por obedecer a sus padres, luego la vida les regala algo mejor.
Se suma a ello que, la heroína es todo un dechado de virtudes, casi una superwoman de la época: guapa, buena creyente, realiza muchas obras de caridad... Tantas virtudes juntas le da un tufo sexista.
Para colmo, un señor de cincuenta años, don Pedro, empieza a pretender a Pepita Jiménez. Debe de ser que tengo la mentalidad del siglo XXI demasiado inoculada en el cerebro porque mi primera pregunta es: Pepita ha tenido la penitencia de estar casada con un anciano, si llega a los veinte viuda y rica, ¿por qué no se busca a alguien de su edad para resarcirse y pasa olímpicamente del pretendiente que le lleva treinta años? No tengo nada en contra de las parejas adultas formadas por miembros de diferentes edades, aunque me mosquea que siempre tenga que ser él maduro y ella la joven. Pero en la época de Pepita Jiménez para una mujer casarse era como ganar unas oposiciones o conseguir un buen puesto de trabajo, no tenían otra opción laboral ni de asegurarse el sustento.

Parece que el autor se olía que, siglos más tarde, nos íbamos a hacer esa pregunta sobre su novela y en algún momento del argumento da un giro. Don Pedro tiene un hijo que va a tomar los hábitos, don Luis de Vargas, y ese sí tiene la misma edad de Pepita. De hecho la novela se cuenta en su mayor parte a través de los ojos y las cartas de don Luis, quien se acerca a la bella Pepita con la guardia bajada porque piensa que es su posible futura madrastra. Después de una serie de enredos, Pepita acaba declarando su amor a don Luis: "amo en usted no ya sólo el alma, sino el cuerpo, y la sombra del cuerpo, y el reflejo del cuerpo en los espejos y en el agua, y el nombre, y el apellido, y la sangre, y todo aquello que le determina como tal don Luis de Vargas: el metal de la voz, el gesto, el modo de andar, y no sé qué más diga”.
Y después de estos bellos argumentos este decide dejar los hábitos por ella. Se ennovian y se lo tienen que contar al padre, qué engorro. Pero no, mira qué bien, resulta que el padre fingía cortejar la chica, pero en realidad quería que los dos jóvenes se ennoviaran para que su único hijo no tomaran los hábitos.


Bueno, ahí acaba la obra y como feminista no me deja muy tranquila. Pero siempre hay que ir un poco más allá e indagar no solo en la novela, sino en el impacto social. Y además del éxito que produjo, (se vendieron enseguida 100.000 ejemplares, para mí lo quisiera, se tradujo a diferentes idiomas y demás) resulta que el escritor se tuvo que enfrentar a los sectores más reaccionarios de la sociedad. Primero por una famosa escena de una excursión en la que Pepita Jiménez se maneja bien a caballo y, en cambio, don Luis monta con bastante torpeza una mula.
Claro, por entonces una mujer no podía hacer algo mejor que un hombre; y, por lo visto, ni siquiera un personaje femenino de novela. Y lo segundo porque es Pepita la que toma la iniciativa en la declaración de amor. Debió de espantar a los papás y mamás de la época, al fin y al cabo las niñas tenían que ser pasivas y dulces. En esa época se vieron estos actos como un cruce de roles una virilización de la mujer y una feminización del seminarista. Y lo tercero, eso de que una mujer desviara a un hombre de su carrera eclesiástica, aunque fuera por una finalidad casta como es el matrimonio, también estaba mal visto.


En fin, es una novela curiosa. A pesar de esa pátina de valores tan tradicionales, de contar con una protagonista que te pone nerviosa por lo buenecita y lo beata que es, resulta que tuvo su dosis de escándalo y, hay que reconocerlo, de feminismo.

En fin, recomiendo su lectura aunque huele un poco a naftalina. Hay novelas de esta época que me parecen mucho más interesantes.

La sheriff literaria